12 de mayo, 2021

Entrevista

Federici y su laboratorio de maravillas

Carlos María Federici es un artista heterogéneo de origen montevideano. Su producción literaria e historietística (gráfica y escrita) rememora la edad dorada de los géneros populares. Coleccionista él mismo, supo recrear en sus obras el auténtico sense of wonder de los materiales literarios e historietísticos del período de oro del pulp estadounidense. A pesar de esta impronta foránea, la obra de Federici mantiene en todo momento su propia voz y originalidad, cualidad que la hace única en su tipo. Compartimos con los lectores la charla -dividida en dos partes- que mantuvimos con el autor de Jet Galvez.

Federici y su laboratorio de maravillas

Hay personas que construyen una carrera a contramano del mundo. Los resultados de estas actitudes antojadizas no siempre se reflejan en éxitos monetarios o en el reconocimiento de sus impares (porque aquí no hay pares). Ya lo sabemos, la originalidad, en un mundo cada vez más homologado en su vulgaridad, se paga cara. 
Esta manía se la podemos achacar, con orgullo heroico, a Carlos María Federici —Montevideo, Uruguay, 1941— quien, desde muy pequeño, tomó los caminos más exóticos de la literatura y la historieta. Fascinado por los textos y dibujos que alumbraron su niñez y juventud, Federici decidió seguir esos mismos derroteros, ignorando que el escenario donde vivía tal vez no fuera el más flexible para esos ensayos. El autor de Barry Coal construyó su obra gráfica y literaria, transitando rincones narrativos que, en aquellos años, eran considerados menores. Y decidido a ir por el todo, también optó por la transmigración historietística de esas mismas obsesiones. 
Durante el pasado mes de abril, Federici tuvo la gentileza de responder, vía mail, una serie de preguntas que le fuimos enviando acerca de los temas que lo desviven: la ciencia ficción, el policial, el horror. 

Orígenes e influencias

Sus influencias provienen en gran medida de la escuela norteamericana, pueden rastrearse, en su estilo gráfico, rasgos estilísticos de dibujantes como Harold Foster, el Jack Camen de las historietas de horror de la EC, Clarence C. Beck —que creó al Capitán Marvel—, Alex Raymond y su Flash Gordon, Sheena de la selva de Bob Powell o, posteriormente, el Frankenstein de Dick Briefer. ¿Cómo accedió, en aquellos años, a este material y qué fue lo que despertó en usted este tipo de dibujos?

Me cupo la buena fortuna de haber nacido en el año propicio para que, en mi infancia y temprana adolescencia, disfrutase de la que considero una etapa señera de las revistas de historietas, cuando, habiendo perdido el favor del público los superhéroes (aunque esto parezca increíble a los ojos de la actual generación) se imponían, en cambio, y diría yo que en bien de la variedad y pluralidad de matices, los diversos géneros de narrativa secuencial, o sea policíaco, terrorífico (dos de mis favoritos, junto con el de ciencia ficción, aunque este era minoritario en comparación), western, bélico y aventuras. Yo devoraba todo ese material, que por otra parte llegaba en forma profusa a estas tierras, en las versiones de las editoriales argentinas primero y mexicanas más adelante; y aunque era un lector instintivo y poco disciplinado, igual que lo era como coleccionista, poco a poco me fui adentrando en estilos y tendencias. Y, despertada así mi latente afición al medio, lo que me preparó para llegar más adelante a integrar las filas de los profesionales, tanto en la faz de guionista como en la de dibujante.

¿Cómo fueron, entonces, sus inicios en la escritura y la historieta?

Mi afición a la historieta partió de raíces de las que solo me apercibí muchos años más tarde; porque mi vocación primordial fue siempre la de narrador, y fue solamente cuestión de lógica que, por lo accesible de este género, me volcase primeramente a la historieta, que era lo que mayormente consumía al principio. Si bien, bastante precozmente, podría decirse, también me atraía la lectura, y leía cuanto me pasaba por las manos, desde «Selecciones del Reader’s Digest» hasta viejas novelas que encontraba en la casa de mi abuelo. Fue solo al llegar a la primera juventud que comenzaron mis intentos de escritura (aunque en la escuela primaria y en la segunda enseñanza siempre me distinguí por una muy buena redacción y originalidad en los planteos, según palabras de mis maestras y profesores). 

De muy joven colaboró con la revista Mundo Uruguayo, ¿qué vino después?

Sí, a los 19 años debuté como autor en esa hoy extinta revista, con la que colaboré prácticamente hasta su clausura, a fines de los 60s. También desde un comienzo —y sería a perpetuidad— me incliné a la narrativa de géneros, que en aquellos tiempos era algo totalmente relegado en mi país, a tal punto que, como he dicho más de una vez, se miraba por encima del hombro a quienes optásemos por cultivarlos. Pese a la contracorriente, me obstiné en mi objetivo, y así fui el primer uruguayo que vio publicado un relato de ciencia ficción en una revista europea (Nueva Dimensión Nº 3, en 1968). También accedí a la legendaria colección argentina Rastros, en 1972, con mi primera novela policial, La orilla roja. Durante años estuve alternando (muy espaciadamente) la historieta con la narrativa, hasta que me convencí que tenía más aptitudes para la escritura que para el dibujo..., y además me costaba menos trabajo (lo que servía a mi natural perezoso). Por ende, me volqué al teclado con preferencia del tablero.

¿Dónde busca la inspiración para su obra?

En cuanto a las fuentes de inspiración, como no soy un Jack London, ni un Hemingway, ni un Robin Wood, que se nutrieron de sus viajes y aventuras personales, siendo por mi parte vergonzantemente sedentario. No salí de Montevideo más que para ir a Buenos Aires un par de veces, y viajé, en el 2010, a la ciudad de Minas , en el departamento de Lavalleja, a recibir el premio Morosoli de Plata que, para mi completo pasmo, se me otorgaba por mi trayectoria en la Historieta... (¡Con lo magro que fue mi aporte al género!). Siendo así, digo, mi abrevadero inspiracional consistió únicamente en mis lecturas. 

Llegar a Khordoora, libro publicado en Rumania, en edición bilingüe.

Ficción científica en una nueva dimensión

Siendo usted un autor avezado de ciencia ficción, ¿qué libros de este género fueron definitivos para su formación y cuáles considera que aún hoy son imprescindibles?

Me capturó la ciencia ficción a los 14 años, con un número de «Más Allá», el 38, de julio de 1956, que compré al azar, pensando que en sus páginas encontraría algo similar a la historieta de Flash Gordon... Pero tropecé con la estupenda novela de Wilson Tucker, El clamor del silencio, y aunque era la segunda parte, y no había leído el inicio, sus virtudes me admiraron a tal punto que, desde entonces, comencé a bucear denodadamente en el océano de la ciencia ficción. Primero a través de más y más números de Más Allá, que conseguía en librerías de viejo, y luego, llevado por los anuncios publicados en la revista, las colecciones de Nebulae y también de Minotauro. Pero fue en Más Allá donde fundamentalmente trabé relación con los distintos autores destacados, comenzando por Asimov, Robert A. Heinlein, Arthur C. Clarke, Clifford D. Simak, Ray Bradbury, Theodore Sturgeon, Frederik Pohl y otros muchos que actualmente quizás no gocen de la misma notoriedad, pero que cuentan con méritos similares, en mi concepto, para que se valorice su obra.
Muchos años después, ya autor de algunos relatos del género, se me invitó a asociarme a la «World SF», que reunía autores profesionales de varios países, y que por entonces no contaba con representantes de Uruguay. Por cierto que no demoré en inscribirme (me dieron un número de socio bien redondo: 100), y ello me permitió el acceso a varias direcciones de autores consagrados, con algunos de los cuales mantuve correspondencia, como Jack Williamson, James Gunn e incluso Isaac Asimov, aunque con este el intercambio no fue tan profuso.

Como miembro de la World Sf tuvo contacto con muchas luminarias literarias de la ciencia ficción. ¿Qué recuerda de ese intercambio epistolar con autores como Frederik Pohl o Jack Williamson? ¿Alguna anécdota que nos pueda compartir?

El primero en contactar, si mal no recuerdo, fue Jack Williamson, cuya novela, La Isla del Dragón, publicada en forma seriada en “Más Allá” (Nos. 9, 10 y 11) me había impactado. Hay que recordar que yo era aún prácticamente un neófito en ciencia ficción, a mis 18 años y pico, con pocas lecturas consumidas y escaso conocimiento de autores. No podía saber que era un texto de antigua data, ni que Williamson era uno de los autores más veteranos del género, ya que, de hecho, se recorrió toda la historia de la CF, desde sus inicios hasta casi finales de siglo. Le escribí para felicitarlo, y posiblemente le haya sorprendido no únicamente el hecho de que se recordase ese viejo relato suyo, sino, además, la procedencia de su corresponsal. Dudo mucho que se hubiese carteado antes con algún uruguayo. Estuvimos cruzando emails esporádicamente, hasta que sobrevino el silencio de su parte.
Después le escribí a Wilson Tucker, también muy impresionado por su novela El Clamor del Silencio, igualmente leída en una “Más Allá” (la primera de todas que compré). Pero... me traicionó mi insuficiente dominio del inglés escrito y puse «shocked» cuando debí haber puesto «thrilled», para describir el efecto producido por su prosa en mi mentalidad quinceañera. No sé si la «gaffe» habrá perjudicado mi sana intención de contacto; pero el hecho es que nunca recibí respuesta.
Con James Gunn la cosa ya marchó más fluidamente. Lo cumplimenté por sus cuentos sobre la estación espacial, primero conocidos por el inicial, en Más Allá otra vez, y luego por la compilación de varios del mismo tema en la edición de 1966 de la editorial Diana, de México. (En ese momento no podía imaginar que un par de décadas más tarde sería en un sello derivado de esa misma editorial que habría de publicarse mi novela de Barry Coal...) Nos escribimos durante algunos años, no con excesiva frecuencia, debido a las ocupaciones de Gunn, que era profesor universitario y tenía un curso de escritura de ciencia ficción al que no cesó de invitarme a inscribirme, lo cual me fue lamentablemente impracticable.
Y con el gran Frederik Pohl la relación epistolar fue más productiva, porque fructificó en una invitación de su parte para que integrase el sumario de su proyectada antología internacional Tales from the planet Earth (1986), en cuyas páginas salió mi cuento In the blink of an eye (En un pestañeo)..., aunque, como es típico en mi trayectoria, menudearon los escollos. Transitábamos aún, hay que recordarlo, las postrimerías de la “época heroica” de los originales mecanografiados, las copias en carbónico y, lo peor de todo, los accidentados envíos por correo postal, que aunque supuestamente aéreo podía demorar más en llegar a destino que las carabelas de don Cristóbal. Peor todavía: tropecé con una prolongada huelga de los empleados postales, que interfirió en el envío de unas correcciones de mi parte a la traducción al inglés de mi relato. Aclaro que si bien no me atrevo a verterme a mí mismo a la lengua shakesperiana, tratándose de relatos de cierta extensión, por temor a malograr mis ya escasas cualidades, no por ello dejo de entender el idioma, y puedo señalar errores, que suelen presentarse en estos casos. Hubo un paréntesis obligado en esa ocasión, y cuando por fin, normalizado el tránsito, pude volver a comunicarme con la editorial norteamericana, se me aseguró que mis correcciones habían llegado. Sin embargo, cuando recibí el libro impreso, vulgo, con todo el pescado vendido, constaté, para mi consternación, que no solo no se había enmendado lo marcado, sino que, peor aún, ¡faltaban algunas líneas al comienzo, lo que desconcertaba al lector! Como no escribo Obras Maestras, impermeables a las pequeñas fallas, considero imprescindible que no se deteriore lo poco de bueno que pueda existir en el conjunto. Pero... ¡qué le voy a hacer! Así quedó. (En la versión original, que facilité el año pasado para la 8ª edición de la antología anual de ciencia ficción uruguaya, editada por Mónica Marchesky y Álvaro Bonanata, en conjunción con Ramiro Sanchiz, Víctor Raggio y Álvaro Pandiani, va el texto íntegro.)
Pero la relación con Pohl no paró allí, ya que por varios años, hasta su lamentada desaparición física, me privilegió con el envío infaltable de una clásica tarjeta navideña, a la que yo correspondía con una digital. Posiblemente haya tenido idéntica atención para con los demás autores de la antología, pero siempre se lo agradecí en forma íntima y personal.

Gran parte de su obra cuentística está adscripta a la ciencia ficción. ¿Cómo llega a esos hallazgos de nombrar a los astronautas «espacieros»?

La anécdota al respecto es que cuando en 2015 envié el relato que contiene ese término a una revista de ciencia ficción latinoamericana, cierto/a corrector/a de estilo pretendió corregírmelo, sugiriéndome, en cambio, «astronauta». Tuve que explicarle que al ser un cuento ambientado en el futuro, por lógica, en el lenguaje común habrían surgido vocablos nuevos; y lo ilustré con el ejemplo actual de «celular», que unos veinte años atrás habría tenido un sentido diferente al que hoy le damos.

Su colaboración con la revista española Nueva Dimensión fue profusa y duradera, ¿cómo fue para usted esa relación con la revista de Domingos Santos?

Mi relación con esa legendaria revista se la debo a mi amigo Marcial Souto, hoy editor y escritor reconocido, a quien conocí en la librería «La Feria del Libro» (local señero durante décadas, hoy lamentablemente desaparecido), cuando un vendedor me habló de «un muchacho al que le gustaba lo mismo que a mí»... Marcial era un verdadero fanático del género, a tal punto que se desvivió por asistir a una convención en los EE. UU., y tantos esfuerzos consagró al efecto, que logró una beca que le permitió cumplir su gran sueño... En la ocasión, también, tuvo la gentileza de presentarle mi ejemplar de El vino del estío al inmenso Ray (Bradbury), que me firmó una dedicatoria en la portada. Pero es a Souto, principalmente, a quien debo agradecerle mi vínculo con Nueva Dimensión, ya que él fue quien me informó que en España Domingo Santos estaba publicando una revista de ciencia ficción que pretendía seguir los pasos de la extinta Más Allá. Se trataba de Anticipación (1967), que por el formato y el enfoque intentaba emular las características de su mítica antecesora argentina.

Con esa información a mano, decidió participar y no perder tiempo…

Claro, por supuesto, no perdí tiempo. Obtenida la dirección, envié dos de mis relatos iniciales, pero... me faltó, justamente, anticipación, pues la revista se había clausurado antes de que mis engendros (en las tardas alas del «correo caracol») alcanzaran las costas españolas. Mas la respuesta de Domingo Santos, siempre gentil y considerado, como era su índole, me tranquilizó, pues me aseguró que estaba preparando una nueva publicación, y allí iba a figurar uno de mis relatos, «Primera necesidad», que él calificó de «well, well» (sic). No salí en el primer número, pero sí en el tercero, cabiéndome el honor de ser el primer uruguayo en la nómina, y el segundo latinoamericano, después de Angélica Gorodischer con «El ayer de las ratas», en el Nº 2. (Y hasta me dijo Santos que el mío no salió antes por motivos de compaginación...) Pero aquí entró a jugar algo muy repetido en mi trayectoria como autor: la paradoja. Mi debut ocurrió precisamente en el hoy célebre «Mayo del 68»... Y yo era, y continúo siendo, un cultor de lo clásico. En el mismo número 3, para mayor abundamiento, figura un artículo de Souto exaltando a la «Nueva Ola» de la ciencia ficción..., precisamente la que acabó por motivar mi posterior rechazo y alejamiento del género, en mi faz de lector, por muchos años. 

Montevideo Comics 2013, con Diego Jourdan, restaurador de originales y diseñador del libro «Federici, Detective Intergaláctico». Al fondo, giganto­grafías. 

¿Y a qué se debió que no haya colaborado más profusamente, teniendo en cuenta su capacidad narrativa y su prolífica labor como escritor?

Mis colaboraciones en la revista no fueron tan profusas como me habría gustado, en principio porque Marcial (que evidentemente privilegiaba su honestidad de editor asociado, o cosa por el estilo, por encima de nuestro vínculo de amistad, lo cual estoy lejos de reprocharle, aunque me haya perjudicado) fue la «barrera» para unos cuantos de mis textos (hoy publicados más de una vez, y traducidos incluso a distintas lenguas; hay gustos para todo, obviamente). Más adelante, cuando Domingo Santos se alejó de la dirección de Nueva Dimensión, se produjo un prolongado hiato en mis apariciones en las consagratorias páginas, ya que Sebastián Martínez, quien quedó a cargo de la selección, evidentemente no apreciaba igual que Santos mis productos. Al retornar Domingo a empuñar las riendas, volvió a favorecerme, y en la última etapa de la revista tuve la satisfacción de que se publicase una novela corta largo tiempo postergada, titulada Llegar a Khordoora, hoy editada en dos antologías, una nacional y otra «printed in Romania», a más de algunas revistas digitales, y un par de cuentos más. 

Edición rumana y bilingüe de la obra de C. M. Federici

¿Cuál fue entonces el fruto de esas colaboraciones suyas en la revista española?

Fueron las que me abrieron el camino al mercado europeo, primero a través de las traducciones al francés de mi buen amigo, el belga Bernard Goorden, y posteriormente al sueco, al aceptar mis textos Sam J. Lundwall para su revista «Jules Verne Magasinet». Otros hitos en mi trayectoria, que puedo considerar como derivados de mi prístina vinculación con Nueva Dimensión, fueron mis participaciones en las antologías Trasplante de cerebros (1978), junto a autores de la talla de Brian Aldiss, Theodore Sturgeon, Robert Silverberg y nuestro Mario Levrero; Lo mejor de la ciencia ficción latinoamericana (1982), editada por el nombrado Bernard Goorden y A. E. Van Vogt, que se tradujo a varias lenguas; The Penguin World Omnibus of Science Fiction (1986), con edición a cargo de Brian W. Aldiss y Sam Lundwall; y Tales from the planet Earth, invitado especialmente por Frederik Pohl, editor y compilador de la misma.

Y volviendo a su faceta de historietista, ¿cómo surgió la historieta espacial de Jet Gálvez, publicada en la revista infantil Patatín y Patatán, entre 1979 y 1980? ¿Estuvo, entre sus influencias, la historieta Jet Powers de Gardner Fox y Bob Powell?

Jet Gálvez surgió luego de un intervalo bastante prolongado de alejamiento del dibujo de historietas, por mi amistad con William Gezzio, director artístico de Patatín y Patatán, quien me alentó a colaborar con esa revista, pero por sobre todo por mi afán de reivindicar y rescatar los para mí inestimables valores de las historietas de los años 50, que en aquel momento parecían destinadas al olvido, al no soñarse todavía con la maravilla del universo digital, que hoy facilita el acceso, en forma virtual, a ingente cantidad de precioso material historietístico de aquellos años. (De hecho, mi colección virtual supera en varios cientos a la de papel.) Y fue precisamente entre esas revistas «de aire» que encontré a Jet Powers, o sea, más de un par de décadas después de finalizada la publicación de mi personaje. Por tanto, y como suele ponerse en las películas, «cualquier semejanza debe atribuirse a simple coincidencia».

Plancha de Jet Gálvez publicada en la revista Patatín y Patatán

¿Es cierto que la secretaria de la revista, esposa de uno de los socios, estaba disconforme con la serie, a pesar de la admiración que despertaba entre los lectores y tuvo que darle un final precipitado?

No es cierto. La historieta, aun cuando capté, sí, señales de esa disconformidad, se llevó a su término por decisión mía, sin presiones de ninguna clase. Lo que sí influyó en parte, fue la fatiga del propio autor, un síndrome común, según he podido constatar, entre todos los cultores del género, sin excluir a los más prestigiosos. La diferencia entre los primeros trabajos, en los que palpita el entusiasmo del desafío y de la novedad, y los finales, donde se evidencia el desgano de la rutina, es comprobable en cualquier colección. No escapé a la norma.

Continuará la próxima semana...

Mariano Buscaglia

Mariano Buscaglia

Es guionista, editor y novelista. Realizó las series Museo y Mano Blanca, en Fierro, con Patricia Breccia. Es Jefe de Redacción de la revista.

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