23 de agosto, 2021

Rescate

La rueda del fin del mundo

En esta segunda entrega, Carlos Altgelt analiza en detalle la cubierta del número 26 de la revista Más allá, obra del artista californiano Chesley Knight Bonestell. Única en su tipo, al ser tapa y contratapa, es la «rara avis» de la mítica colección de 48 volúmenes. La cubierta, además, sirve de excusa para dar un recorrido circular sobre el origen, desarrollo y fracaso de las estaciones espaciales en forma de rueda. Desde los proyectos ideados en Europa del este a principios del 900, pasando por la estación espacial de Kubrick hasta las planificaciones contemporáneas. 

No deje leer el primer artículo de esta serie, aquí mismo.

La rueda del fin del mundo

«No sabía cómo eran otros mundos hasta que
vi las pinturas de Bonestell»

Carl Sagan

Salta a la vista, luego de una rápida mirada a los 48 lomos de la revista, que hay algo que discrepa con el resto.  Supongo que no es necesario haber practicado mucho con los libros de ¿Dónde está Wally? para darnos cuenta de qué se trata. Indudablemente un lomo desacuerda con el resto. Este “Wally”, en lugar de mostrar el tradicional despegue del cohete azul o rojo con el título de la revista en letras negras, este número 26 se destaca por la ausencia del misil y un “Más Allá” en letras blancas.

¿El motivo?

Abandonando el estilo de su progenitor Galaxy Science Fiction, los editores de Más Allá optaron, por primera —y única— vez, seguir el ejemplo de una competidora, la revista estadounidense IF: Worlds of Science Fiction que en más de una oportunidad había utilizado un sistema de wraparound para su portada. Es decir, la tapa y contratapa forman parte de una única ilustración que «envuelve» a la revista. 
A continuación vemos dos ejemplos de noviembre 1953 y marzo 1954.

Gracias a la exitosa serie «La conquista del espacio» —del libro homónimo de Willy Ley de 1949— el artista que la ilustraba, hasta ese entonces prácticamente desconocido en nuestro país,  pasó a ser el preferido de los habitués argentinos a la ciencia-ficción. Su nombre era Chesley Bonestell y sus ilustraciones aparecieron desde el primer número y, si bien estaban reproducidas en blanco y negro al igual que muchas del libro original, era innegable que nos encontrábamos ante un artista fuera de serie en el ramo e la fantasía científica.
 
Dos obras de Bonestell ya habían aparecido en colores en dos portadas de Más Allá: en los números 4 y 6 (esta última adjudicada erróneamente a Mel Hunter) y de las cuales  nos ocuparemos en la próxima entrega.  La que hoy nos interesa es la número 26, junto con su contratapa.

La pintura original data de 1952 y es conocida como «La estación espacial de Wernher von Braun».  El público la vio por primera vez en una edición especial dedicada a la conquista del espacio de la revista Collier’s Weekly de marzo 22, 1952.

Radicado en Estados Unidos desde 1945, el genio detrás de los mortíferos cohetes V-2 que azotaron a Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial, se dedicó plenamente al desarrollo de la cohetería en su país adoptado. Entusiasta, absolutamente convencido de los proyectos que proponía, pronto su nombre se hizo conocer públicamente como un capaz y energético portavoz del programa espacial estadounidense. Aparecía con frecuencia en distintos medios de comunicación divulgando proyectos que, según él, podrían ser concretados en un futuro cercano. Entre ellos se encontraba la «estación espacial», bautizada de tal forma en 1923 por su compatriota Hermann Oberth en su libro El cohete en el espacio interplanetario.

La figura de von Braun fue en ascenso. Tenía talento para explicar conceptos complejos de una manera entendible para el común de los mortales. Cuando ocupó el cargo de Director Técnico del Grupo de Desarrollo de Misiles Guiados de Artillería del Ejército, el semanario ya citado le pidió ser el punta de lanza de una serie de artículos titulados «El hombre pronto conquistará el espacio».

Para esta magnífica representación, que muestra la gigantesca rueda espacial «flotando» sobre América Central, el artista se guió a partir de los diseños del científico alemán, autor del artículo titulado «Cruzando la última frontera».
 
En la página de la izquierda pueden apreciarse primero, la aerodinámica parte superior del cohete de tres etapas ideado por von Braun, precursor del trasbordador espacial que se haría realidad —si bien en forma muy diferente— 29 años después, un telescopio espacial precursor del Hubble de 1990 y dos astronautas recién llegados en sendas caminatas espaciales junto a dos «mini-taxis» que los llevarían a la estación espacial con un tercero ya arribando a la misma. 

Conviene recordar que la idea de una estación orbital de este tipo es muy diferente a la de las cápsulas de los programas Mercury, Gemini y Apolo o aquella de las cosmonaves soviéticas Vostok, Voshkod y Soyuz. Sin contar acoplamientos a la Estación Espacial Internacional o a la de sus predecesores Salyut y Skylab, ninguna de estas misiones duró más de dos semanas debido a las restricciones de espacio. La misión de más larga duración del trasbordador espacial fue de 17 días, pero esa fue una excepción.

Por el contrario, la rueda gigante de von Braun sería capaz de apoyar a una tripulación de 80 astronautas durante meses. El científico la visualizaba, con sus 80 metros de diámetro, en órbita terrestre a una altura de 1.700 kilómetros de tal forma que circunvolaría el globo en dos horas, período que por distintos motivos von Braun consideraba ideal. Hoy en día, la Estación Espacial Internacional lo hace en 90 minutos, a unos 400 kilómetros sobre la superficie terrestre, con una tripulación típica de siete personas.

La portada de ese número de Collier’s muestra al cohete de tres etapas ya mencionado. Si bien esa idea de von Braun era muy distinta a la realidad de los cohetes que llevaron finalmente al hombre al espacio sideral (Redstone, Atlas, Vostopk, etc.), hoy en día es interesante compararlo con el Starship de la compañía SpaceX del empresario Elon Musk (derecha). En ambos casos la etapa superior que lleva a la tripulación está aerodinámicamente diseñada para el retorno a la superficie terrestre.

En su artículo, von Braun describía, paso a paso, la puesta en marcha de la estación orbital.  Según sus cálculos, su construcción llevaría 10 años a un costo de 4 mil millones de dólares, «apenas» el doble que lo invertido en el Proyecto Manhattan que desarrolló la bomba atómica.

Gigantescos cohetes de tres etapas, todas reusables (de allí sus alas para el reingreso a la atmósfera) llevarían las toneladas de materiales necesarios para su construcción. 
En Más Allá se reprodujo con lujo de detalles un corte visual del fabuloso vehículo espacial.

Recordemos que para mantener un objeto en órbita debe cancelarse constantemente la atracción de la gravedad girando a una velocidad que depende de su altura sobre la superficie. En aquel año de 1952, poco y nada se sabía sobre la reacción del cuerpo humano en el espacio exterior.    

Para contrarrestar el posible malestar de sus ocupantes al sentirse «flotando», continuamente, las 24 horas del día, von Braun propuso la creación de una gravedad «artificial», esto es, generar una fuerza centrífuga haciendo girar lentamente —a unas tres revoluciones por minuto para simular un tercio de la gravedad terrestre— la rueda espacial alrededor de un eje central fijo. Las paredes que apuntan hacia afuera de ese centro actuarían como «piso».

En esta visualización realizada por el artista Fred Freeman para el artículo de Collier’s ya citado, se pueden apreciar los tres niveles de la estación espacial y a los astronautas trabajando en la misma. Más Allá la reprodujo en su número 29, la primera y única vez que apareció dentro de sus páginas una ilustración en colores.

Ahora bien… ¿de dónde saldría la energía para generar la electricidad necesaria para todas estas tareas? La respuesta, tan típica de aquellas épocas era… de los reactores nucleares, panacea inocente de la visión de los años 50s, donde la energía atómica resolvería todos nuestros problemas.

Basta dar un vistazo a las configuraciones de las verdaderas estaciones espaciales para darnos cuenta de que algo había fallado en las predicciones de von Braun.

Salta a la vista el uso de paneles solares para generar energía eléctrica, algo que en la rueda de von Braun, que en su momento también se la conoció como la «estación espacial atómica», brillan por su ausencia.

¿Qué pasó?

A principios de los años 50s, los paneles solares que convierten la energía proveniente del Sol en electricidad estaban en su infancia. Si bien el proceso era conocido desde fines del siglo XIX, recién en la década del 70 se lo pudo comercializar a bajo costo. Ademáss, el uso masivo de la energía nuclear se lo consideraba «políticamente incorrecto». Por lo tanto, cuando fue posible construir estaciones espaciales, los paneles solares con sus baterías recargables, fueron la solución.

Hacia el final de su artículo en Collier’s, von Braun lanzó una patriótica advertencia sobre a la importancia que tenía para la defensa de los Estados Unidos establecer una base permanente en el espacio para protegerse de sus enemigos. Adviertíae además que como «guardián de la paz», el satélite podría estar armado con bombas atómicas y lanzarlas sobre cualquier país si fuese necesario. Claro, esto fue escrito 15 años antes de la firma del tratado internacional que prohíbe armas de destrucción masiva en el espacio. 

Sin embargo, para los editores de comic books, la amenaza no parecía ser de procedencia terrestre, sino de belicosos alienígenas.

Hablando de energía atómica y paneles solares, abajo vemos la portada de Science Wonder Stories de agosto de 1929. Ilustrada por el talentoso y prolífico Frank R. Paul, de cuyo «Hombre de Marte» nos ocupamos en la primera entrega de esta serie, fue la primera vez que una estación espacial aparecía representada en colores.

La misma está basada en el diseño de un pionero que anticipó a la estación de von Braun por varias décadas. Se trata del croata Herman Potŏcnik quien, en ese mismo año, publicó un pequeño libro titulado El problema de navegar por el espacio, cuya versión en inglés apareció en este número de la revista de Gernsback. En el mismo desarrollaba la idea de una morada permanente en el espacio a la cual llamaba «casa rotatoria». Como la del ingeniero alemán, el satélite era circular con un diámetro de 50 metros que giraba sobre su eje para proporcionar gravedad artificial para sus ocupantes en una órbita geoestacionaria.

 Como en ese entonces no existían ni los paneles solares ni la energía atómica, el ingenioso croata propuso utilizar espejos parabólicos que concentrasen los rayos del Sol para activar calderas de mercurio.

Lamentablemente Potŏcnik falleció en Viena al mes siguiente de la publicación de la revista y quizá nunca disfrutó de ver su idea reflejada a pleno color en el extranjero.

Pero la idea de estaciones espaciales es aún más antigua. Ya un maestro de escuela, el ruso Konstatin Tsiolkovsky, había propuesto en 1903 un laboratorio espacial giratorio. El suyo era cilíndrico, lo que no evitó que sendas estampillas de la Unión Soviética (izquierda) y Hungría lo representasen como una inmensa rueda. Tsiolkovsky también visualizó, años después, a su estación espacial habitada por una tripulación multinacional cuyas seis personas —un plan menos ambicioso que las 80 de von Braun— provenían de Rusia, Alemania, Francia, Italia, Inglaterra y Estados Unidos, países todos que junto con Japón y Canadá estuvieron involucrados a través de sus respectivas agencias (NASA, EESA, Roscosmos, etc.) en la construcción y posterior funcionamiento de la actual Estación Espacial Internacional.

Para terminar esta breve reseña de precursores, debemos mencionar al ingeniero austro-húngaro   Herman Oberth. En 1923, este futuro colaborador de von Braun en el desarrollo del imponente cohete Saturno V, publicó el libro El cohete en el espacio interplanetario. Regla de cálculo en mano, Herr Oberth concretó matemáticamente las ideas de Tsiolkovsky y Potŏcnik.

Como vemos, Wernher von Braun y Chesley Bonestell no fueron los primeros en concebir una estación espacial en forma de gigantesca rueda giratoria. Sin embargo, fue indudablemente gracias a la divulgación de sus artículos en revistas de circulación masiva como Collier’s y Life, la idea se popularizó. Sumado a sus esfuerzos, la tan taquillera película 2001: La odisea del espacio, cimentó la idea en la mente de la gente de tal forma que aún hoy en día —a pesar de Salyut, Skylab y la Estación Espacial Internacional— muchos visualizan estaciones espaciales en forma de rueda.

Un discípulo de Bonestell, Robert McCall, fue el encargado de ilustrar conceptos para la película de Stanley Kubrick, estrenada meses antes del primer viaje tripulado a la Luna durante la Navidad de 1968. Abajo la típica ilustración de propaganda para la misma, esta vez en la funda de un disco de vinilo de larga duración. 

En la ilustración de McCall para el film, vemos a una nave Panam Clipper retornando a la Tierra.  No tenemos detalles sobre el trasfondo de esta pintura, pero sí que para ilustrar una escena similar, Alexx Schomburg tuvo que romperse la cabeza. Habiendo publicado portadas en The Magazine of Fantasy & Science Fiction y Galaxy (dos de estas últimas aparecidas en Más Allá), un buen día, ya jubilado, a principios de 1977 se le ocurrió enviar un bosquejo a lápiz de una estación espacial al editor de Analog. A Ben Bova, pues de él se trataba, le gustó el trabajo, pero dado que en ese momento no tenía un relato que reflejase ese dibujo y esa era la norma de la editorial para sus portadas, no se la aceptó de inmediato.

Al poco tiempo apareció el cuento adecuado, salvo que en lugar de la astronave dibujada por Schomburg, Bova necesitaba al flamante trasbordador espacial Columbia. El problema era que faltaban cuatro años para el debut de estos vehículos de la NASA y la información sobre los mismos era muy escasa. Pero luego de quemarse las pestañas en las bibliotecas públicas de Portland (Oregon), Schomburg logró su objetivo y aquí lo venos en la tapa del número de enero de 1978.

El tema de la rueda espacial acaparó numerosas tapas de revistas de ciencia ficción. Aquí mostramos a dos de ellas.

Pero no solamente fue en las portadas que apareció la gigantesca rueda espacial. Aquí tenemos un relato ejemplificando el tema.

Lógicamente este entusiasmo por la gigantesca estación espacial y su fotogénico aspecto se extendió a las portadas de libros, en su mayoría de bolsillo.

Hay que destacar dos curiosidades respecto a estos dos libros. En el de Clarke, ilustrado sin acreditar por Dean Ellis, Cuentos del Ciervo Blanco (un pub ficticio en el centro de Londres), no hay absolutamente ningún relato que mencione o acontezca en la rueda espacial. Pero, claro, la tapa, junto con otras tres de esta colección, «vende». En el de Leinster, la estación está siendo construida sobre la superficie terrestre como puede apreciarse en la portada. Luego, este enorme armatoste —de acero nada menos— sería llevado al espacio por medio de numerosos cohetes de combustible sólido. Hacia el final de la novela, el autor se «sale» de la misma y trata de justificar los detalles del relato.

Siguiendo el estruendo causado por la puesta en órbita del Sputnik I, una serie de viñetas titulada «Más cerca de lo que pensamos», debutó el 12 de enero de 1958 en los suplementos dominicales de los diarios estadounidenses. Dibujada por Arthur Radebaugh, el panel inaugural fue dedicado al laboratorio espacial en una configuración similar a la del libro de Clarke.


En los diarios y revistas de historietas también fueron publicadas numerosas aventuras que tenían como telón de fondo a la rueda espacial. 

Tampoco podían faltar los juegos de mesa, juguetes de latón y modelos en miniatura de plástico para armar.

Nuevamente nos preguntamos: ¿Qué pasó con todo este entusiasmo con la rueda gigantesca de von Braun?

Nada.

Es decir que, como vimos, ciertamente se pusieron en órbita terrestre diferentes configuraciones de estaciones espaciales, pero ninguna tan pintoresca como la del visionario alemán.

A pesar de su entusiasmo, la puesta en órbita de un ser humano el 12 de abril de 1961, el soviético Yuri Gagarin, echó por tierra (valga la expresión) la estación orbital. El presidente Kennedy necesitaba un proyecto importante para contrarrestar la supremacía soviética. Un satélite, por impresionante que fuese, no daría en el clavo. Llegar a la Luna en esa misma década, sería el objetivo escogido. Y hacerlo antes que la bandera roja luciese sobre la superficie de nuestro satélite natural.

Tal vez la ingeniosa portada de Carlos Cruz para el número 29 reflejaba impecablemente este estado de cosas. En lugar de ser un rompecabezas semiterminado, es uno que se está desarmando.

Para cerrar este artículo sobre la portada de Chesley Bonestell, repasemos brevemente la historia de este artista fuera de serie.

Oriundo de San Francisco, California, donde había nacido el primer día del año 1888, su pasión por la pintura astronómica comenzó desde bien temprano. Nunca olvidó la impresión que le causó ver al planeta Saturno desde el observatorio Lick de San José cuando tenía 17 años. Corrió a su casa e inmediatamente pintó lo que había visto. Lamentablemente, esa primera obra fue destruida al año siguiente durante los incendios causados por el terremoto de 1906.

Comenzó a estudiar arquitectura en la Universidad de Columbia de Nueva York pero pronto se dio cuenta de que le interesaba más la parte artística de su carrera y no la profesión en sí. Cuando cursaba el tercer año abandonó sus estudios —los cuales le vendrían muy bien como futuro pintor astronómico— para dedicarse de lleno al diseño artístico. Fue así como entre 1920 y 1926 se mudó a Inglaterra para trabajar como diseñador de temas arquitectónicos para el Illustrated London News. Al regresar a su país participó en importantes proyectos como la construcción de dos iconos de la arquitectura del siglo XX: el edificio Chrysler de Nueva York con su distintiva fachada art decó (1928-30) y el Golden Gate Bridge de su ciudad natal (1933-37).  
    
Antes de la construcción de este famoso puente de la bahía de San Francisco, Bonestell realizó numerosas pinturas para una campaña publicitaria para convencer al público de la necesidad del mismo.

Nuestra próxima entrega estará dedicada a otras tres portadas de Más Allá ilustradas por este inigualable e inconfundible artista californiano que se llamó Chesley Knight Bonestell. Las tres no escaparon a los retoques y agregados de los editores de la revista. En un caso arruinaron la belleza del original y en el otro hicieron modificaciones a una pintura inolvidable, compañera de aquella que «lanzó mil carreras». La tercera fue acreditada a otro artista.  

Sic transit gloria mundi (continuará). 

Carlos Altgelt

Carlos Altgelt

Escritor, coleccionista y especialista en historietas

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