15 de noviembre, 2021

Rescate

Huellas perdidas del Crimen

La colección Crimen creada por J. E. Fentanes para su Editorial Vorágine se lanzó como «la primera colección de novelas policiales argentinas» y forma parte de las colecciones policiales populares que proliferaron a inicios de los años cincuenta y que fueron vehículos de prueba para autores  que más tarde alcanzarían el aval crítico y lector como David Viñas que publicó novelas en esta colección con el seudónimo de Pedro Pago.

Huellas perdidas del Crimen

Las colecciones de literatura policial tienen una historia conocida en la Argentina. Rastros y El Séptimo Círculo, Misterio y Cobalto, la Serie Naranja de Hachette y la Serie Negra de la Editorial Tiempo Contemporáneo, entre otras, suelen ser valoradas por sus aportes a la difusión del género. El catálogo, sin embargo, contiene publicaciones que todavía no recibieron el reconocimiento que merecen. Crimen, «la primera colección de novelas policiales argentinas», como se lanzó al mercado con el sello de la Editorial Vorágine, aparece como una iniciativa singular e incluso con características innovadoras en ese panorama.

La colección Crimen (luego rebautizada Crimen y Castigo) incluyó al menos dieciséis entregas en formato 11 por 15,5 cm., de publicación quincenal entre el 7 de febrero y el 20 de diciembre de 1953. Se trataba de relatos basados en historias de la crónica policial, complementados ocasionalmente con historietas y destinados a la venta en quioscos al precio de dos pesos. Entre los autores, el mismo año en que comenzaba a publicar la revista Contorno, David Viñas firmó tres títulos con el seudónimo Pedro Pago.

«Se ha producido un cambio en la actitud del público: se admite ya la posibilidad de que Buenos Aires sea el escenario de una aventura policial», escribió Rodolfo Walsh en la noticia preliminar de su antología Diez cuentos policiales argentinos, publicada también en 1953. Esa innovación fue justamente la propuesta de Editorial Vorágine.

Dirigida por Juan Eduardo Fentanes (1927-1987), la colección Crimen formó parte de un plan editorial que incluyó además la publicación mensual de Crimen club, «la primera gran revista policial sudamericana”» y del suplemento Los archivos del crimen, la organización de un concurso de novela policial (aunque la editorial dejó de existir poco después del cierre de recepción de los manuscritos) y el lanzamiento de Autores Argentinos, otra colección de literatura  que se presentó con Calles de tango, de Bernardo Verbitsky. Toda la producción se consumó en apenas un año.

Hijo del pintor e ilustrador Juan Fentanes (1904 -1964), colaborador de Caras y Caretas y director de Criterio, y sobrino del comisario Enrique Fentanes (1907-1977), «el más ilustre teórico de la labor policial» según el decreto que en 2011 impuso su nombre a la Escuela Superior de Policía, Juan Eduardo Fentanes delineó un perfil editorial que se propuso contribuir a la memoria institucional de la Policía Federal, aunque dirigido al público en general antes que a los integrantes de la fuerza.

La colección recreó historias de personajes conocidos a través de las crónicas periodísticas y también de publicaciones anteriores de la propia Policía Federal, que las preservaban como ejemplo de sus intervenciones virtuosas contra el delito. El Pibe Cabeza, el Petiso Orejudo, Severino Di Giovanni, Chicho Grande, Mate Cosido y Chicho Chico se incorporaron así a la serie sin perder de vista en ningún caso «el abnegado esfuerzo de quienes han contribuido, incluso hasta con sus vidas, a mantener y defender el orden de la sociedad», según Gina Giuly, autora del catálogo.

En el quiosco el libro disputaba su espacio con diarios, revistas y otras colecciones. Las portadas a color, con el título recuadrado y un revólver empuñado de frente al lector como logotipo, cumplieron la función de visibilizar la oferta de Crimen y Castigo. El pintor y dibujante Carlos Panichelli y ocasionalmente otros artistas como Carlos Casalla y C. Massimo fueron los ilustradores. Además de historietas sin mención de autor, las primeras entregas incluyeron Al margen de la ley, adjudicada a Claude Moore, una colección de curiosidades al estilo de Ripley pero referidas a sucesos policiales («Nolan Kolff, de Idaho, confesó haber asesinado a su esposa ¡porque durante veinte años ella jamás se había acordado de tapar el tubo de la pasta dentífrica!»).

Los autores advirtieron que los nombres y las circunstancias eran reales, como hizo Pedro Pago en Chicho Chico:«Todos los datos (…) los he obtenido en archivos de distintos diarios y en frecuentes consultas en la Biblioteca Nacional (…). Algunos detalles de la intimidad del protagonista se han logrado en entrevistas a distintos personajes vinculados de una u otra manera con esta historia». El criterio admitió excepciones: Víctimas del hampa, firmado por Víctor Land, sustituyó las referencias históricas al referirse al descuartizamiento de Virginia Donatelli (1927); la ficción se impuso en El envenenador de Adrogué, de Ernesto Castany (escritor, ensayista y guionista en Columba, entre ellas de la serie El hombre señalado, con dibujos de Juan Arancio) y en El lobisón, de Emilio Petcoff, reversión de una leyenda folclórica.

Al presentarse con El Pibe Cabeza, de Fentanes y Fernando Raúl Aramburu, los editores adelantaron una lista con los diez primeros títulos. Los libros no estarían escritos en su totalidad, porque varios de los anunciados finalmente no se publicaron, pero el anticipo publicitario resultaría impactante, lo mismo que el avance de la aparición de Crimen club. Pero lo más sorprendente son los cambios que se verifican en la nómina de autores: Di Giovanni, atribuido en principio a Aramburu y Fentanes, apareció con la firma de la ignota Gina Giuly; Mate Cocido, de un inverosímil Stanley Ardner pasa a ser de Pedro Pago; Tráfico de drogas, de Aramburu, resulta un libro de J. E. Batiller (autor publicado previamente en la colección Rastros), El asaltante solitario, del dudoso Eleazar Vidt se publica con el nombre del igualmente improbable Medardo Aguirre y Los crímenes de los lagos de Palermo, de E. Ferrari, se convierte en Víctimas del hampa, de Víctor Land (entre cuyos antecedentes literarios se encuentra un folleto biográfico de Al Capone publicado en 1955).

Estos cambios ponen al descubierto una constelación de seudónimos detrás de la cual se encuentran Fentanes (que también firmó cuentos, supuestas crónicas sobre el FBI y la novela Crímenes en Broadway como Ray Ralston) y algunos poco colaboradores, entre ellos el propio Viñas. La nómina de colaboradores en las páginas de Crimen club multiplicaron el recurso para crear ante el lector la ilusión de un equipo integrado por escritores, periodistas, criminólogos y autores extranjeros.

La pista de Fentanes como escritor, mientras tanto, parece desdibujarse después de la experiencia de Editorial Vorágine. Radicado en Uruguay con su padre, se dedicó a la creación publicitaria y en 1966 reeditó El petiso orejudo, uno de los títulos de la colección Crimen, con el cual agotó entonces tres tiradas.

Expertos en crímenes

Las notas históricas de Crimen club resaltaron el trabajo de la policía en la resolución de investigaciones desde un punto de vista típicamente institucional, en el que el delito suele ser explicado por defecciones morales, problemas de educación y aberraciones individuales. La publicidad de «nuestra gloriosa policía» incluyó también columnas dedicadas a «caídos en cumplimiento del deber», como Ramón Falcón, prócer del panteón policial, y notas sobre el Museo de la Policía Federal con el objetivo de informar sobre aspectos que se juzgaban desconocidos por el público.

La revista, dirigida también por Juan Eduardo Fentanes, afirmó un registro del género en clave histórica y realista pero el objetivo de transmitir contenidos ideológicos ficcionalizó una y otra vez el presunto material documental. El artículo «Prefería ser ladrón» expuso por ejemplo «un caso de perfiles psicológicos muy singulares» que se vuelve dudoso por más que provenga de «los archivos policiales argentinos»: la historia cuenta que una mujer fue violada por un ladrón que entró a su casa y quedó embarazada; ella se enamoró, quiso casarse con él y logró “regenerarlo” y convertirlo en un buen padre de familia.

«Cine crimen», en el primer número, hace un cruce parecido al llevar un presunto caso auténtico que fue esclarecido por la Sureté al registro de una fotonovela. El carácter ficticio de lo que se presenta como hecho real es todavía más patente en las historietas, como Grandes casos del FBI (publicada como apéndice en la colección Crimen) y El Lampeao, sobre la vida del legendario bandolero Virgilino Ferreira.

En el segundo número, Crimen club publicó una encuesta dirigida a los lectores para indagar sus preferencias y ofreció un título a elección entre los publicados por la colección Crimen para quienes respondieran. Las interpelaciones al lector se proyectaron creativamente en secciones como «Usted es el detective» y particularmente en «Contesta el experto en crímenes».

Los lectores enviaban sus consultas por carta a «Señor experto en criminología». Las inquietudes eran muy diversas, a juzgar por lo que recogió la revista: ¿las huellas digitales se heredan?; en la escena de un crimen, ¿es correcto levantar un arma con un pañuelo, como se ve en las películas?; ¿se puede determinar la causa de muerte de un cadáver hallado en el río?; ¿quién es responsable cuando un conductor que maneja a excesiva velocidad choca contra otro que va a contramano?; ¿por qué no existe en Argentina la pena de muerte? Las respuestas estaban firmadas por Daniel Guillet, «criminólogo».

Otras secciones fijas mostraron un criterio de amplitud y de curiosidad respecto de la literatura en general y del policial en particular: la página destinada a «los mejores cuentos policiales» seleccionó textos de Guillaume Apollinaire y Guy de Maupassat y otra columna presentó reseñas bibliográficas, quizá la primera en Argentina dedicada exclusivamente a la narrativa policial.

La sección de reseñas parece haber sido pensada en parte como propaganda de la propia empresa. Julián Porter elogió Versos para la muerte, novela de J. E. Fentanes publicada también en 1953 (Editorial Orientación Cultural, colección Mano roja) y completamente desconocida en las historias del género. Narrada en primera persona por un investigador aficionado, Honorato Médici, la intriga del caso gira alrededor de un crimen en las sierras de Córdoba y además de un epígrafe de «La muerte y la brújula», el gran cuento policial de Borges, contiene citas de autores relacionados con la novela de enigma (Chesterton, Patrick Quentin, S. S. Van Dine); los laureles del éxito se los lleva un comisario de la Policía Federal, a semejanza de lo que ocurre en las novelas de Sherlock Holmes con los inspectores de Scotland Yard.

Los críticos de Crimen club parecían mostrarse severos con los propios títulos de la colección Crimen: un tal Israel Kinsky reprochó la “crudeza excesiva” de Pedro Pago en Chicho Grande; «esta vez… la trama adolece de cierta debilidad argumental» observó a su vez Fentanes sobre Trata de blancas, aunque él mismo era el autor del libro, bajo el seudónimo Julio Cáceres. También leían a la competencia: Pago / Viñas recomendó El caso del jesuita risueño, de Michael Burt, mientras que E. Ferrari desaprobó Mate Cocido, de Enzo Ramos, primer título de la colección Reyes del hampa.

Los libros de El Séptimo Circulo debían ser percibidos como destinados a otro segmento del mercado, pero Reyes del hampa resultaba una competencia directa, y hasta sospechosa: «Por coincidencia demasiado curiosa aparece el primer volumen de esta nueva colección, cuya presentación parece pretender seguir los pasos de la popular colección Crimen», señaló el autor de la reseña, probablemente otro seudónimo de Fentanes.

En el revés de esa crítica pueden leerse los propios requisitos de producción. El rival se había documentado, pero «no se ha preocupado en absoluto por entretener al lector». Los editores de Crimen club tomaban las cosas en serio: «La novela policial no es tan fácil como parece, ni cualquiera puede dedicarse a ella sin el necesario y elemental aprendizaje. Además es imprescindible para escribir cualquier cosa ser escritor». La innovación que Rodolfo Walsh observaba como emergente en la narrativa de los 50 se consolidaba con sólidos principios en el lugar menos advertido.

Osvaldo Aguirre

Osvaldo Aguirre

Periodista y escritor.

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