31 de mayo, 2021

Entrevista

Crónicas de una épica criolla

El dibujante Ian Debiase reflexiona en torno a su actual serie «Historias de una revuelta», en donde narra pequeños episodios durante el levantamiento popular ocurrido el 29 y 30 de mayo de 1969. «Elegí el Cordobazo por sus anécdotas y porque tiene una épica muy criolla», afirma.

Crónicas de una épica criolla

«Después llegó el 29 de mayo y la historia es conocida por todos» dice un cartucho en el primer capítulo de Historias de una Revuelta, la serie escrita y dibujada por Ian Debiase que puede leerse aquí. La frase dispara la pregunta: ¿De verdad todo el mundo conoce la historia de El Cordobazo?

El Cordobazo es, sin lugar a dudas, el hecho más relevante en la historia de nuestra clase obrera y sin embargo, es un tema que no está tan presente en el imaginario colectivo. Sí, obviamente, en los estudios de la época, pero no tan presente en esa difusa abstracción que llamamos sentido común. Tal vez, el gran problema que presentan las jornadas del 29 y 30 de mayo de 1969 para la historiografía actual sea que ninguna de las fuerzas que se disputan la hegemonía política y discursiva de nuestra sociedad pueden capitalizarlas. Es un triunfo de los trabajadores y los estudiantes, la culminación luminosa de su rebeldía y su solidaridad de clase. Pero al mismo tiempo, la revuelta popular queda casi por fuera de ese gran relato épico nacional que construye el peronismo. De hecho, analizado a fondo, se nota el rol de contrapeso reaccionario que un sector del peronismo de la época jugó en todo el proceso. Puede que el problema sea más profundo. Y abordado desde el contexto actual, El Cordobazo tal vez sea un hecho simplemente incognoscible. Para tratar de comprender ese momento, del que acaban de cumplirse 52 años, nada mejor que dialogar con Debiase que desde hace tres meses viene proponiendo historias autoconclusivas sobre la insurrección popular en tiempos de la dictadura de la Revolución Argentina.

-Coincido en que hay una falta de información. Creo que el desconocimiento, el emborronamiento de la historia, su ocultamiento, y su desaparición,  es un hecho político o al menos un síntoma de un hecho político. No se habla de todo en todos lados, no se habla de lo importante casi en ningún lugar y hay cosas de las que se prohíbe hablar. Sin ir más lejos, fue muy conflictivo hablar de El Cordobazo hasta que la dictadura de Onganía terminó.

-En ese sentido, surge la comparación con el tratamiento informativo que recibe la última dictadura militar que parece mucho más presente en el imaginario colectivo y donde hay un acuerdo social amplio en la necesidad de volver a hablar del tema desde la escuela, desde los espacios políticos y desde los medios….

-Sí, hay una diferencia importante. Igual yo no estoy tan convencido de que de la última dictadura militar “se sepa”. Se sabe que hubo una dictadura, pero creo que a la mayoría de la población le costaría dar cuenta si le preguntás de qué se trató o cuáles fueron los motivos por los que en Argentina hubo varias dictaduras. Porque que mataron y desaparecieron gente es solo una parte de lo que sucedió. Lo que pasa es que la última dictadura es un fenómeno muchísimo más grande, más difícil de tapar y por eso hay algunos aspectos de ese proceso que ya son parte del sentido común. Ahora... el sentido común, ni en pedo sabe decirte que la dictadura tuvo una intencionalidad económica. Con El Cordobazo hay algo parecido aunque a otra escala. El “azo” suena a que alguien tiró piedras contra la policía, pero las implicancias de ¿quién las tiró? ¿por qué? ¿cuántos murieron?, todo eso queda en la nebulosa para el sentido común como también quedan en la nebulosa partes fundamentales de lo que realmente fue la última dictadura.

-Volvamos al viejo debate sobre el compromiso del arte con la realidad política, y hasta en qué medida y en qué punto se le puede imprimir un carácter documental a un hecho estético.

-Siempre que dibujo o escribo, mi principal objetivo es estético, y el objetivo político (si lo hay) queda en un segundo plano. Es así para que funcionen los dos planteos, primero tiene que funcionar en el plano estético. Si tu obra está bien resuelta en ese aspecto, puede ser disparadora de discusiones, de miradas que son políticas. Si, en cambio, vos arrancás poniendo el objetivo político por delante de todo, la obra termina fracasando, se desmorona. No funciona en lo artístico y, paradójicamente, tampoco funciona en lo político. Yo elegí el Cordobazo por sus anécdotas, porque tiene una épica muy criolla. El recurso de juntar gatos, desarmar rulemanes, tirarle bolitas a la montada, armar miguelitos, crear un sistema de golpecitos de teléfono para comunicarse, cortar la luz para complicar el avance del ejército, etc. Por todos lados se ve una heterodoxia en la mirada y en los métodos de combate, muy de esa generación. Jóvenes que en distintas partes del mundo desafiaron al poder, se propusieron cambiarlo todo y eso te mete en experiencias arriesgadas, desde el uso de drogas hasta tomar las armas. Es importante también saber que toda esa preparación para el combate tenía como objetivo poder realizar la movilización que terminaba con el acto. No era para tomar el poder. Ninguno de los testimonios habla de que la intención fuera la toma del poder. Ni siquiera entraron a la casa de gobierno, aunque podrían haberlo hecho porque en un momento no quedaba ni un cana en las calles. Toda esa preparación para enfrentar a la policía era simplemente para poder ejercer el derecho a realizar un acto que en ese momento estaba prohibido. Eso también es muy loco hoy.

-En los tres capítulos publicados hasta ahora el foco está puesto en el movimiento estudiantil, la pregunta es si en algún momento el protagonismo va a girar hacia los trabajadores.

-Hay algo de identificación con el movimiento estudiantil que me permite escribir más fácilmente esta serie. El Cordobazo fue una manifestación principalmente obrera y que la participación estudiantil fue minoritaria (y es justo que eso quede claro en el libro) pero como la idea de este trabajo es recorrer los senderos laterales del hecho y no su avenida central, me permito, por ejemplo, ahondar en lo que fue la participación estudiantil sin preocuparme de que quede compensado «porcentualmente». Pero sí, van a haber protagonistas obreros. También aparecerán, eventualmente, personajes como Agustín Tosco o el propio Onganía pero no voy a mover el foco de las historias pequeñas, anécdotas reales que sucedieron durante el Cordobazo y lo componen: historias con h minúscula, a escala humana, y que están insertas dentro de la Historia con mayúscula.

-Definitivamente, es más importante destacar la solidaridad entre el movimiento obrero y el estudiantil que detenerse en porcentajes. Te lo pregunto teniendo en cuenta que fueron dos movimientos separados desde sus orígenes y cuyo distanciamiento se vio radicalizado durante el peronismo porque el estudiantado universitario había sido bastante anti-peronista…

-Esa unión es muy característica de la época. No solo se dio acá sino que en esos dos o tres años de mucha convulsión social en el mundo se ve esa comunión entre los estudiantes y los trabajadores. Creo que también tiene que ver con las ideas que flotaban. Ideas de universalismo, de hermandad y solidaridad. En el caso particular de Argentina, también la unión se ve favorecida por el enemigo común que representaba la dictadura de Onganía. Así que ahí podemos ver una gran unión no solo de militantes estudiantiles y obreros sino también de vecinos que no formaban parte de ninguno de los dos sectores y se sumaron a las acciones. En ese momento, el asesinato de Máximo Mena, que era un obrero muy joven, fue el símbolo perfecto para justificar en lo consciente algo que ya estaba en lo inconsciente que era la unión. Porque los dos grupos sentían esa muerte como propia.

(Digresión: Mientras la burocracia sindical peronista de la época no representó una oposición real en los primeros años onganiato (de hecho, los dos principales dirigentes de la CGT, Augusto Vandor y José Alonso, celebraron el golpe de estado), el movimiento estudiantil protagonizaba revueltas y manifestaciones constantes en todo el país. Incluso se puede considerar que esas características sobre el asesinato de Mena tienen un antecedente en Córdoba con la muerte de Santiago Pampillón, también estudiante de ingeniería y trabajador en IKA-Renault, asesinado por la represión policial durante una asamblea en 1966. En esas jornadas, el movimiento obrero de Córdoba ya había sumado acciones en apoyo a los estudiantes pero ese homicidio reforzó mucho la solidaridad entre los dos sectores. Desde entonces los lazos fueron mucho más fuertes. Los estudiantes universitarios organizaban peñas para recaudar fondos para la nueva CGTA -la que rompió con el vandorismo- y los sindicatos cordobeses les prestaban sus sedes a los estudiantes para las clases y las asambleas prohibidas por la dictadura).

-Toda la onda estudiantil de los primeros capítulos, sumada a las referencias a Dylan, los Beatles, la enorme presencia de personajes femeninos y el trazo tan elegante en el vestuario hacen que por momentos tu serie parezca más una historieta sobre el Mayo Francés que sobre El Cordobazo….  

-El Cordobazo fue un parte-aguas del curso político y social del país pero también, más allá del peso histórico que tuvo, marcó a toda una generación. Y esa generación es a la que a mí me interesa acercarme y explorar. Fue una generación que se plantó ante la inercia del sistema, que quiso cambiar al propio ser humano y en esa convicción asumió grandes riesgos.

-Historias de una Revuelta parece empezar casi como un juego con el robo de los gatos y, rápidamente, la cosa se pone oscura y violenta porque empieza a morir gente. En el primer capítulo Eva, la protagonista ve morir a su amiga, grita con rabia cuando es detenida pero después se la ve muy tranquila. No llora en ningún momento y lleva la cabeza en alto... y el final no es un golpe bajo por el recuerdo de la amiga sino la pregunta, casi lúdica, de si le quedó olor a gato en la ropa…

-Vamos por partes: respecto a ese cierre, fue algo que me señaló Lautaro Ortiz. Inicialmente al final del primer capítulo la voz en off hacía una referencia al alto costo que se había pagado. Cuando Lautaro lo lee, me hace ver que estaba siendo explícito. Era cierto y yo no me había dado cuenta. Gracias a eso me pongo a pensar y ahí se me ocurre el remate del olor a gato. Creo que la violencia está presente y se muestra, pero coincido en que es mejor evitar el morbo y la solemnidad, evitar sacralizar el hecho. En un noticiero pondrían música incidental, violines, efectos de tragedia, para indicarnos que lo que vemos es doloroso. Hacen llorar a mi tía Irma, que después cambia de canal y se olvidó del Cordobazo porque en el fondo le importa tres carajos. Bueno, yo quiero estar lo más lejos posible de eso. No hay nada que humille más a la inteligencia que la sacralización. Cuando te hablo de esa sacralización que deshumaniza, te puedo poner un ejemplo concreto en mi historieta. El segundo capítulo «El Banco»  está tomado de un hecho real: rompen (pero no roban) la sucursal Avellaneda del Banco del Interior. A pocos metros de ahí estaba el Banco de Córdoba, al que dejan intacto. Atacan el Banco del Interior porque era un banco usurero, pero dejan la caja fuerte. No la tocaron. Ahí hay una decisión. Cuando yo vi eso dije: «Acá hay una historia». Y lo primero que pensé es que a alguno de los que estaba ahí se le tiene que haber ocurrido llevarse la plata. Ya estabas ahí, no había policía, ni guardias, no existían las cámaras de seguridad... Obvio que entre todos los locales que se rompieron, algunos se quisieron llevar cosas. Hay una anécdota de uno que se llevaba una silla de la Confitería Oriental para regalársela a la madre como recuerdo. Pero también está registrado en todas las crónicas que los mismos manifestantes obligaban a devolver las cosas. La consigna era que ahí no habían ido a robar. Ese fue el germen del capítulo y está protagonizado por el que quiere hacer lo que políticamente no es correcto y es lo que lo hace más humano. Lo otro es admirable pero creo que lo humano surge de la convivencia entre las dos cosas. Creo que una gesta como esa no pierde brillo por eso. Al contrario, gana profundidad humana, gana dimensión, por eso no hay que sacralizarlo.

-Luego de la lectura de los primeros tres capítulos queda en el lector el sabor de la alegría de la revuelta. Hay una visión luminosa y épica de ese momento que tiene una fuerte connotación ideológica. Muchísimas obras testimoniales o de ficción histórica apuntan en la dirección contraria. Ejemplo: durante muchos años era común pasarles a los estudiantes de secundario la película La noche de los lápices. Y uno se pregunta ¿Qué pasa cuando un adolescente ve esa película? ¿Se lo está aterrorizando, se le está mostrando que las consecuencias de la militancia, de luchar por sus convicciones y por lo que es justo, tiene como resultado algo atroz? Antes de mostrarles la más mínima perspectiva de un cambio, de un triunfo alcanzado por el compromiso, se les está mostrando el precio más terrible que alguien puede tener que pagar: ver morir a un compañero. Esto se convirtió casi en un tópico. A tal punto que, como lectores, es lo que esperamos y nos sorprende encontrar otra cosa. Cuando en el capítulo dos muere Máximo Mena y, un par de viñetas después, veamos a un grupo de jóvenes fumando muy tranquilos, se rompe el horizonte de expectativas del lector. No porque no sea realista, que lo es, sino porque estamos acostumbrados a que, dado que alguien murió, la historia debiera resolverse forzosamente en clave dramática. Y no es así porque los protagonistas acaban de vivir una jornada de triunfo inédito….

-Claro. Me gusta que la obra esté sujeta a interpretación, y a esta que hacés. Es que hay algo ahí que cuando se junta con un lector y con lo que el lector trae y aporta de sí, nacen estas cosas. Te reconozco que no sé si fui muy consciente de esos que vos contás, pero puede ser que venga de mi experiencia de varios años de militancia, en donde la alegría se vive de manera permanente. Conocer eso a fondo te pone en perspectiva humana un hecho histórico como este. Así que es cierto, en el Cordobazo hubo mucho de festejo y de sensación de libertad. Ojalá las páginas que vienen puedan seguir transmitiendo más de eso.

Facundo Vázquez

Facundo Vázquez

Licenciado en letras y especialista en historietas.

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